Relato: La casita de humanos.

 


Usubrrr tenía una preciosa casita de humanos. Los contemplaba embelesado cada mañana al despertar, mientras desayunaba o antes de ir al colegio. Seguía cada pequeño paso que daban con una sonrisa de complacencia en la cara y se despedía de ellos con inusitada efusividad, deseando volver cuanto antes de la escuela para observarlos de nuevo, tan afanosos en sus quehaceres cotidianos.

Por eso, Usubrrr nunca se entretenía a charlar con alguien a la salida de clase, ni se quedaba jugando con sus compañeros en el parque, se dirigía a casa raudo y veloz para disfrutar de nuevo de la compañía de sus mascotas. Cuando llegaba, merendaba y hacía los deberes enseguida, pues no veía el momento de volver a estar con sus humanos.

Sí, la verdad es que Usubrrr no era un niño muy sociable que digamos. Los taragomianos, en general, sí lo eran, ya que en el planeta Táragom eran habituales los mítines y las competiciones de habilidades físicas e intelectuales. Les encantaban también los conciertos al aire libre, los deportes de equipo y, por supuesto, las carreras de naves.

A pesar de no ser un taragomiano al uso, Usubrrr era el niño mimado de sus progenitores, que le concedían todos los caprichos que se le antojasen. Sólo tenía que abrir la boca para obtener cuanto desease y, entre aquellas cosas, se encontraban, cómo no, sus fascinantes mascotas humanas.

Los humanos no eran mascotas asequibles para cualquier taragomiano. Tenerlos denotaba un estatus social privilegiado, reservado casi en exclusiva a la alta jerarquía taragomiana, a la que pertenecía el joven y afortunado Usubrrr.

Lo que Usubrrr no sabía era que algunos padres menos acaudalados que los suyos empeñaban sus pertenencias más valiosas para hacerse con unos humanos, aunque fueran de Sirio y no de la Tierra, los más codiciados. Lo hacían tan sólo por aparentar un nivel económico que no tenían o con la esperanza de medrar socialmente gracias a su posesión. Tal era el prestigio que conferían aquellos seres.

De hecho, en Táragom existía una ley al respecto: la Ley de Control de Mascotas Alienígenas, cuyo objetivo era evitar el tráfico ilegal, el fraude y el lucro ilícito en un negocio que movía ingentes cantidades de dinero. La normativa también trataba de impedir la aparición de posibles plagas y enfermedades indeseables.

Y es que existían prácticas fraudulentas por parte de cazadores sin escrúpulos que, al no resultarles rentable el desplazamiento hasta la Tierra para capturar humanos primigenios, desembarcaban con sus naves en mundos más cercanos a Táragom, también habitados por humanos. Los capturaban allí y los vendían posteriormente en Táragom como si fueran auténticos terrícolas, a precios desorbitados y con elevadas ganancias.

Pero Usubrrr era un niño y no comprendía nada de todo aquello. Él tan sólo vivía por y para sus mascotas.

Al finalizar el día, se iba a dormir henchido de felicidad, con la ilusión de volver a contemplar su preciosa casita de humanos a la mañana siguiente.

Y, mientras él dormía plácidamente, sus humanos seguían con sus pequeñas vidas, ajenos a la felicidad que su existencia proporcionaba a su joven dueño. O quizá no tan ajenos, porque, a veces, cuando Usubrrr se quedaba dormido frente a la casita, alguno de ellos se detenía a observarlo al otro lado del cristal.

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