Julio está en la cola del paro, como cada mañana. Es un bulto gris que mira las ofertas de empleo, pregunta por algún curso y poco más. Tiene cuarenta años y un título de matricero que, hoy en día, vale más bien poco. En su juventud fue guitarrista de un grupo de rock que ya nadie recuerda. A veces añora aquellos años de garitos, alcohol, chavalas y heavy metal. Ayer volvió a componer una canción. Pensaba que había perdido la ilusión por la música, pero al coger su vieja guitarra algo volvió a despertarse. Le faltan algunos retoques, aunque sabe que es lo mejor que ha escrito nunca. Entonces suena el teléfono: necesitan un carretillero en un almacén del polígono. Doce horas al día, mil euros brutos al mes. —Mañana, a primera hora, perfecto, sí, allí estaré. Muchas gracias. Julio cuelga el teléfono, guarda la guitarra en su funda, mete la partitura en el cajón de la mesita y busca en el armario las olvidadas botas de seguridad.