Microrrelato: Cyborg
Julius Shatton estaba harto de su brazo cyborg. Era la cuarta vez en dos años que lo llevaba a reparar a la clínica del doctor Dávila porque no conectaba bien los impulsos de su cerebro con la nanotecnología del brazo articulado. Sin él, tan sólo tenía un muñón y un hombro, del que salían un puñado de cables de colores y en el que lucía tatuada la serpiente de Asclepios. Le había ocurrido algo parecido, años atrás, con los riñones artificiales y con las prótesis biónicas de las rodillas, incluso con sus ojos cibernéticos. Había invertido mucho dinero en aquella tecnología –la mejor del mercado– y aún así, se había pasado los últimos noventa y cinco años trabajando como una mula para costearse aquellas intervenciones dudosamente satisfactorias del afamado doctor Dávila. A veces, en su fuero interno, mientras tomaba una copa de whisky escocés –el único viejo placer que conservaba– y miraba por la ventana de su lujoso apartamento de Park Avenue a los minúsculos transeúntes, Julius S...