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Microrrelato: El adepto.

    En el templo de Sularh, como cada primer día de shawar, el sacerdote Abdeljabed comenzó su ritual, ante la atenta mirada de los cientos de feligreses que abarrotaban el templo. Todos ellos, hombres, mujeres y niños, mascullaban, más que susurrar, la consabida oración del afamado clérigo. Todos menos Ulbar Gathur, pues era la primera vez que acudía al templo. Sin dejar de pronunciar la letanía, Abdeljabed, quitó el paño dorado y descubrió la jaula del pájaro multicolor. La abrió y cogió al manso animal. Lo depositó con delicadeza sobre la pira y con un cirio negro prendió el conjunto de palos de vid y yesca. Cuando el pájaro comenzó a arder, los fieles callaron de repente y observaron cómo el ave de fuego levantaba el vuelo envuelto en llamas, para caer inerte unos instantes después sobre el altar. Concluida la ofrenda, los adláteres del sacerdote comenzaron su periplo por entre las bancadas del templo y las enormes columnas que lo sustentaban, portando unos cestill...

Microrrelato: Era un buen tipo.

  Ramón Valle era un buen tipo. Un marido cariñoso y padre comprensivo. La clase de persona que cede el asiento a las viejecitas y mujeres embarazadas en el autobús; que deja salir antes de entrar a los sitios; partidario de las colas bien organizadas. Un ciudadano ejemplar, cumplidor con todos sus deberes fiscales, los cuales veía como un bien para la sociedad más que como un mal necesario o directamente una contrariedad. Un asiduo de las carreras benéficas y voluntario de los comedores sociales por Navidad. En el trabajo aseguraban que siempre estaba de buen humor y presto para echar una mano a sus compañeros. Sus vecinos tan sólo tenían buenas palabras para Ramón, siempre con su perenne sonrisa y sincero saludo cuando se cruzaba con ellos en el ascensor o en el rellano de la escalera y en cuya casa no se oía un ruido, ni una palabra más alta que otra. En las juntas, apaciguaba los ánimos de los más exaltados con su cordialidad y sensatas palabras. Un vecino ejemplar. Los...

Microrrelato: Leaving Mercadona..

  Eran las ocho y media de la tarde y, como todos los viernes, los solteros de la zona acudían al supermercado con su libro favorito debajo del brazo. Paseaban por los pasillos distraídos, sin prestar atención a los productos que se disponían perfectamente colocados en las baldas de las estanterías. Tan sólo se miraban unos a otros y al libro que llevaban bajo el brazo. Un hombre de semblante serio, que frisaba los cincuenta años, llevaba una antigua pero cuidada edición de El Quijote ; mientras, una mujer de preciosa melena blanca, portaba un lujoso ejemplar del Frankenstein de Mary Shelley. Un joven, con aspecto de intelectual, mostraba un Ulises de Joyce, mientras dos muchachas, cercanas a la treintena, hacían lo propio con un libro de Harry Potter y un oportuno Como agua para chocolate . Faltaban escasos minutos para las nueve, cuando en el pasillo de los licores se cruzaron. Ambos miraron sus respectivos libros. Sus pupilas se dilataron al encontrarse y sus sonrisas e...

Microrrelato: Pedida de mano.

  Aquella mañana de primavera, el príncipe Leonard de Lysia paseaba impaciente por los pasillos de palacio, con la cabeza hacia delante y las manos a la espalda. Aguardaba con ansiedad la llegada del séquito de la princesa Olina de Varnia. Había preparado personalmente hasta el más mínimo detalle de la recepción para sorprender a la que se convertiría en su flamante esposa. Había desbrozado los jardines y alimentado con maíz a los pavos reales; había apostado cantarines bardos en cada esquina, adornado las paredes de los salones con ricos tapices, sacado brillo a las vajillas de porcelana y a las estatuas de mármol, descorrido las colosales cortinas de seda para que entrase la luz primaveral en todas y cada una de las estancias de palacio… Rayando el mediodía, media docena de lujosas carrozas varnias llegaron al Palacio Real de Lysia, escoltadas por un nutrido batallón de soldados a caballo. La comitiva se detuvo frente a la puerta de la fachada principal y de una de las carr...

Camino de vuelta.

  Aquel hombre llevaba todo el día hurgando con mecánica destreza entre los montones de desperdicios del basurero municipal. Excavaba y removía con un palo los detritus y separaba sin dudar lo que aún podía tener utilidad o una segunda vida de aquello que ya era completamente inservible. Tan sólo vestía una raída camiseta de tirantes y unos pantalones cortos de tela vaquera, totalmente ennegrecidos. Lucía una poblada barba y unas largas greñas que ocultaban casi por completo su cara. Tal vez no tuviera más de treinta años, pero parecía llevar toda la vida rebuscando entre la basura. Caía la tarde cuando tropezó con una bolsa de plástico de color naranja, en cuyo interior se adivinaba un objeto de aristas rígidas. Abrió la bolsa y comprobó que se trataba de una caja de cartón de medianas proporciones, en cuyo interior había un par de zapatos de buena piel, aunque visiblemente desgastados por el uso. Aún así, aquellos zapatos eran un estupendo botín para rematar la jornada. Cerró...

Microrrelato: Blatofobia.

  Nunca he entendido la inquina que nos tienen los humanos. ¿Qué les hemos hecho nosotras? ¿Acaso les picamos en la piscina? ¿Atacamos su ganado lanar? ¿Arrasamos sus cosechas? ¡Nooooooo! Entonces, ¿a qué viene tanta animadversión? ¡Si hasta he sobrevivido este mes con una miguita de chocolate que se le cayó debajo del sofá al niño de la casa! Ni un pedazo más. Y mientras, sus mascotas engullen montones y montones de croquetitas gourmet que les salen por un dineral. ¿Qué gasto hago yo? ¡Ninguno! ¡Si ni siquiera me gusta el café tanto que dicen! ¿Por qué entonces tal ensañamiento? Allá por donde voy, trampas y más trampas y rastro de sprays de boro por todos lados. Una auténtica persecución. ¿Pero es que no se dan cuenta de que nosotras llevábamos ya miles de años aquí cuando ellos eran unos simples monos? Tan sólo espero que en el futuro, estos inconstantes e insensatos humanos cambien de opinión y desvíen sus odios hacia cualquier otra indefensa especie que no sea la m...

Microrrelato: El hombre analógico.

  Ya desde pequeño, Iván Torres tuvo una relación complicada con las máquinas. Por ejemplo, bastaba con que estuviese cerca del tocadiscos para que la aguja saltase, o que la lavadora se atascase e inundase todo el baño de agua. La televisión o el ordenador tampoco se libraban de su nefasta influencia. Sus padres, más allá de considerarlo torpe o directamente patoso, estaban convencidos de que su hijo tenía un gafe para todo lo que fuera digital. Su hermano mayor, sin embargo, leyó en una revista científica que existían cuerpos que generaban un campo magnético natural que afectaba a las máquinas que estuviesen cerca de ellos. Sea como fuere, a lo largo de su vida, Iván Torres y las máquinas jamás se llevaron bien. Nunca dispuso de un teléfono móvil, e internet era para él un universo extraño en el que, al parecer, cabía todo el conocimiento del mundo. Siendo ya anciano, achacoso del corazón, no hubo manera de ponerle un marcapasos que funcionase correctamente. Y ya muy enfe...