Seis poetas, seis.
Hay lecturas que uno elige y lecturas que, de algún modo misterioso, lo eligen a uno. Si miro hacia atrás y trato de trazar una genealogía íntima, no académica, sino profundamente personal, de mi relación con la poesía, aparecen seis nombres. Seis poetas, seis. Y en ese orden, además, porque el tiempo también escribe. El primero es sin duda Jorge Manrique. En él hay algo fundacional, como si tomara toda la tradición anterior y le diera una vuelta más de tuerca, una gravedad nueva. Las Coplas a la muerte de su padre no sólo son un monumento, sino una manera de entender la poesía como meditación sobre el tiempo. Después llega Francisco de Quevedo, que es exceso y precisión al mismo tiempo. Quevedo no escribe, dispara. Hay en su poesía una inteligencia feroz, una capacidad de retorcer el lenguaje hasta que dice más de lo que parecía posible. Su mirada, tan lúcida como desencantada, abre una grieta por la que entra la modernidad: el desengaño, la sátira, la conciencia de la ruin...