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Haiku 3

 Brota la hierba del muro derrumbado. Crece el olvido.

Haiku 2

 En el majuelo paladeo una uva que sabe a otoño.

Haiku.

 En el tejado, cual veletas sin viento, unas cigüeñas.

Los comuneros de Luis López Álvarez.

 Al hilo de la entrada sobre el poema Asturias de Pedro Garfias, me vino a la cabeza otro poema similar, épico y de exaltación de la tierra, como es Los comuneros de Luis López Álvarez.  Si en Castilla y León empieza uno a recitar aquello de "1521 en abril para más señas..." no hay una sola persona que no sepa continuarlo, aunque seguro que el 90% de ellos no sepa quién es el autor de los versos. Y es que a este poeta le ocurre lo que a Pedro Garfias, que una versión musical de su poema, lo convirtió en un himno no oficial de su terruño, como sucedió con la canción de Víctor Manuel y Asturias. En el caso de Los comuneros fue El Nuevo Mester de Juglaría quien hizo famoso el poema. Y de igual forma, pocas personas sabrían decir otro poema de este autor, a pesar de su extensa obra, con sonetos de calidad indiscutible. Estamos entonces ante otro "one hit wonder" de la poesía española? 

Microrrelato: Cuándo deje de ser una estrella de rock.

    Julio está en la cola del paro, como cada mañana. Es un bulto gris que mira las ofertas de empleo, pregunta por algún curso y poco más. Tiene cuarenta años y un título de matricero que, hoy en día, vale más bien poco. En su juventud fue guitarrista de un grupo de rock que ya nadie recuerda. A veces añora aquellos años de garitos, alcohol, chavalas y heavy metal. Ayer volvió a componer una canción. Pensaba que había perdido la ilusión por la música, pero al coger su vieja guitarra algo volvió a despertarse. Le faltan algunos retoques, aunque sabe que es lo mejor que ha escrito nunca. Entonces suena el teléfono: necesitan un carretillero en un almacén del polígono. Doce horas al día, mil euros brutos al mes. —Mañana, a primera hora, perfecto, sí, allí estaré. Muchas gracias. Julio cuelga el teléfono, guarda la guitarra en su funda, mete la partitura en el cajón de la mesita y busca en el armario las olvidadas botas de seguridad.

Microrrelato: Presagio.

  Al alba, la pequeña Yumi salió a dar un paseo por la desierta playa con su perrita Fumiko. Jugaban en la arena cuando lo vieron. Un cuerpo plateado, larguísimo, brillaba en la orilla bajo la espuma de las olas. Yumi se acercó con cautela. Era un pez, sí, pero jamás había visto uno así. Sus ojos parecían de cristal, su boca semejaba un suspiro congelado y una cresta roja recorría todo su cuerpo. Yumi pensó que aquel horrible pez era tan grande como su papá, pero mucho, mucho más feo. De pronto, el agua empezó a alejarse con un murmullo extraño. En segundos, las olas retrocedieron tanto que dejaron al descubierto rocas que Yumi nunca había visto antes. El pez remo había quedado varado del todo, con sus escamas brillando como una velada advertencia. Sólo entonces Yumi intuyó que algo mucho más terrible que aquel pez estaba por llegar.