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Relato: Churros para los condenados.

                                                                                                                                   Valladolid, julio de 1936 La primera vez que Jacinto vio a un hombre morir, estaba comiéndose un churro.  Tenía once años y había subido hasta San Isidro de la mano de su padre, que le había dicho que iban a ver algo importante. No le explicó qué. En aquellos días, los mayores hablaban en voz baja, las puertas se cerraban antes de anochecer y las conversaciones se interrumpían cuando aparecía un desconocido. Valladolid se había llenado de uniformes, de camisas azules, de rumores y de un miedo que parecía haberse instalado en los ...

Relato: La casita de humanos.

  Usubrrr tenía una preciosa casita de humanos. Los contemplaba embelesado cada mañana al despertar, mientras desayunaba o antes de ir al colegio. Seguía cada pequeño paso que daban con una sonrisa de complacencia en la cara y se despedía de ellos con inusitada efusividad, deseando volver cuanto antes de la escuela para observarlos de nuevo, tan afanosos en sus quehaceres cotidianos. Por eso, Usubrrr nunca se entretenía a charlar con alguien a la salida de clase, ni se quedaba jugando con sus compañeros en el parque, se dirigía a casa raudo y veloz para disfrutar de nuevo de la compañía de sus mascotas. Cuando llegaba, merendaba y hacía los deberes enseguida, pues no veía el momento de volver a estar con sus humanos. Sí, la verdad es que Usubrrr no era un niño muy sociable que digamos. Los taragomianos, en general, sí lo eran, ya que en el planeta Táragom eran habituales los mítines y las competiciones de habilidades físicas e intelectuales. Les encantaban también los conciertos al...

Microrrelato: Cyborg

Julius Shatton estaba harto de su brazo cyborg. Era la cuarta vez en dos años que lo llevaba a reparar a la clínica del doctor Dávila porque no conectaba bien los impulsos de su cerebro con la nanotecnología del brazo articulado. Sin él, tan sólo tenía un muñón y un hombro, del que salían un puñado de cables de colores y en el que lucía tatuada la serpiente de Asclepios. Le había ocurrido algo parecido, años atrás, con los riñones artificiales y con las prótesis biónicas de las rodillas, incluso con sus ojos cibernéticos. Había invertido mucho dinero en aquella tecnología –la mejor del mercado– y aún así, se había pasado los últimos noventa y cinco años trabajando como una mula para costearse aquellas intervenciones dudosamente satisfactorias del afamado doctor Dávila. A veces, en su fuero interno, mientras tomaba una copa de whisky escocés –el único viejo placer que conservaba– y miraba por la ventana de su lujoso apartamento de Park Avenue a los minúsculos transeúntes, Julius S...

Haiku 4

 Cruza el pinar, abriendo su abanico, la abubilla.

Haiku 3

 Brota la hierba del muro derrumbado. Crece el olvido.

Haiku 2

 En el majuelo paladeo una uva que sabe a otoño.

Haiku.

 En el tejado, cual veletas sin viento, unas cigüeñas.