Seis poetas, seis.

Hay lecturas que uno elige y lecturas que, de algún modo misterioso, lo eligen a uno. Si miro hacia atrás y trato de trazar una genealogía íntima, no académica, sino profundamente personal,  de mi relación con la poesía, aparecen seis nombres. Seis poetas, seis. Y en ese orden, además, porque el tiempo también escribe.

El primero es sin duda Jorge Manrique. En él hay algo fundacional, como si tomara toda la tradición anterior y le diera una vuelta más de tuerca, una gravedad nueva. Las Coplas a la muerte de su padre no sólo son un monumento, sino una manera de entender la poesía como meditación sobre el tiempo. 

Después llega Francisco de Quevedo, que es exceso y precisión al mismo tiempo. Quevedo no escribe, dispara. Hay en su poesía una inteligencia feroz, una capacidad de retorcer el lenguaje hasta que dice más de lo que parecía posible. Su mirada, tan lúcida como desencantada, abre una grieta por la que entra la modernidad: el desengaño, la sátira, la conciencia de la ruina. Pero también el amor.

Y entonces, casi como un susurro tras el estruendo, aparece Gustavo Adolfo Bécquer, y con él, una revelación personal: la Rima LXI. Fue ese poema el que me despertó a la literatura, no como asignatura, no como obligación, sino como experiencia. En sus versos entendí, por primera vez, que la poesía podía ser algo que me hablaba directamente.

El siguiente nombre es Rubén Darío, y con él llega el color, la música, el mundo. Darío ensancha el idioma, lo vuelve más flexible, más sensual y a la vez profundo.

Y salto a dos contemporáneos por los que siento una especial predilección: el primero es

Vicente Gallego y su poesía de la experiencia, y por último, David González, que rompe cualquier expectativa. Su poesía es directa, áspera, sin concesiones, y por eso mismo resulta necesaria. En él la poesía deja de ser un espacio cómodo y vuelve a ser riesgo, intemperie.

Por supuesto, no están todos los que son, claro, pero sí son todos los que, de una manera u otra, han hecho que la poesía sea para mí algo más que literatura: una forma de mirar, de entender y, a veces, de resistir el mundo.

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