Relato: Churros para los condenados.

                                                                                                                                   Valladolid, julio de 1936


La primera vez que Jacinto vio a un hombre morir, estaba comiéndose un churro. 

Tenía once años y había subido hasta San Isidro de la mano de su padre, que le había dicho que iban a ver algo importante. No le explicó qué. En aquellos días, los mayores hablaban en voz baja, las puertas se cerraban antes de anochecer y las conversaciones se interrumpían cuando aparecía un desconocido. Valladolid se había llenado de uniformes, de camisas azules, de rumores y de un miedo que parecía haberse instalado en los portales, como el polvo que el viento arrastraba desde los descampados.

Era julio de 1936. El alzamiento militar había prendido en la ciudad con una rapidez que todavía costaba comprender. Las calles habían cambiado de dueño sin cambiar de nombre. Seguían siendo las mismas calles por las que pasaban los tranvías, los carros de reparto y las mujeres con sus cestas de la compra. Pero ahora había hombres armados en las esquinas, registros en las casas y nombres que dejaban de pronunciarse de un día para otro.

El padre de Jacinto, un empleado del ferrocarril que jamás había destacado por sus ideas políticas, llevaba varios días comportándose como si quisiera pasar inadvertido incluso dentro de su propia casa. Aquella mañana, sin embargo, se había afeitado, se había puesto la chaqueta buena y había anunciado:

—Vamos a San Isidro.

Jacinto pensó que irían a visitar a algún familiar, pero no era así. La subida estaba llena de gente. Jacinto recordaría siempre aquella multitud, no tanto por su tamaño como por su aspecto. Había hombres con boina, mujeres con mantilla ligera, muchachos que fumaban a escondidas y familias enteras que avanzaban despacio, procurando encontrar un sitio desde el que ver lo que iba a suceder.

Y estaban los puestos. Eso fue lo que más desconcertó al muchacho. A lo largo de la subida se habían instalado vendedores con sus cestas, sus cajones y sus pequeños tenderetes. Un hombre ofrecía caramelos de anís y almendras garrapiñadas. Una mujer llevaba una bandeja de rosquillas. Más arriba, el aceite caliente chisporroteaba en una sartén donde se freían churros, y su olor dulce, espeso y familiar se mezclaba con el polvo del camino.

También había quien vendía pipas. Pipas, churros, caramelos.

Jacinto se quedó mirando los puestos con la fascinación propia de cualquier niño ante una feria improvisada.

—Padre, ¿por qué venden comida aquí?

Su padre no respondió inmediatamente.

Miraba hacia delante, con la mandíbula apretada.

—Porque hay gente que tiene que ganarse la vida.

—¿Y hoy también?

El hombre bajó los ojos hacia su hijo.

—Hoy también.

La respuesta no aclaraba nada, pero Jacinto la aceptó. A los once años todavía creía que los adultos sabían lo que hacían y que, si algo resultaba extraño, debía de existir una explicación razonable.

Se acercó al puesto de los churros.

—¿Cuánto cuestan?

La mujer que atendía llevaba un pañuelo oscuro anudado detrás de la cabeza. Tendría unos cincuenta años y unas manos enrojecidas por el calor del aceite.

—Dos perras, muchacho.

Jacinto miró a su padre. Este sacó unas monedas del bolsillo y se las entregó. La mujer puso dos churros en un papel.

—Que aproveche.

Jacinto mordió el primero. Estaba caliente y crujiente. Le quemó un poco la lengua. Al otro lado de los puestos, alguien empezó a gritar. La multitud se movió como un solo cuerpo. No era la primera ejecución que se producía en Valladolid desde el comienzo de la sublevación, ni sería la última.

En aquellos primeros meses, las detenciones, las sacas y los fusilamientos fueron extendiendo una geografía del miedo por la ciudad y sus alrededores. Los nombres desaparecían de las conversaciones familiares y reaparecían, a veces, en listas que nadie quería enseñar. Bastaba una denuncia, una afiliación política, una enemistad antigua o el simple hecho de haber sido señalado para que un hombre dejara de pertenecer a su vida anterior.

San Isidro se convirtió para muchos en un lugar asociado a la muerte.

Pero la multitud que Jacinto tenía delante no parecía compuesta únicamente por personas aterrorizadas. Algunos habían acudido movidos por la curiosidad. Otros, por adhesión a quienes mandaban. Había quienes buscaban comprobar con sus propios ojos que un enemigo había sido eliminado y quienes se presentaban porque no hacerlo podía despertar sospechas.

También habría personas que, sin saber muy bien cómo habían llegado hasta allí, se habían dejado arrastrar por la corriente de los demás. La multitud tenía esa capacidad: hacía que las decisiones individuales parecieran menos graves.

Un hombre alto, con el sombrero echado hacia atrás, se abrió paso hasta situarse delante de Jacinto. Llevaba un cucurucho de papel lleno de pipas y escupía las cáscaras a un lado del camino.

—Hoy no tardarán —le dijo a otro—. Parece que ya está todo preparado.

Lo dijo con el mismo tono con que alguien habría anunciado que el tren venía con retraso. Jacinto miró a su padre. Por primera vez, vio en él algo que no supo interpretar. No era miedo exactamente. Era una vergüenza tan profunda que parecía dolerle físicamente.

—Padre, ¿qué van a hacer?

Su padre le cogió del hombro.

—Tenemos que irnos.

—Pero si acabamos de llegar.

—Jacinto, vámonos.

El niño se resistió un instante. Quería saber por qué habían subido hasta allí, por qué había tanta gente y por qué los hombres de uniforme permanecían junto al lugar donde todos miraban.

Entonces vio a los condenados. No distinguió bien sus rostros al principio. Eran figuras humanas separadas de los demás, hombres que caminaban de una manera distinta porque cada paso los acercaba al final de algo que el resto de la multitud podía seguir llamando mañana. Uno de ellos llevaba la camisa desabrochada en el cuello. Otro parecía hablar con alguien que Jacinto no alcanzaba a ver. El tercero caminaba con la cabeza levantada.

Jacinto no sabía quiénes eran. No conocía sus nombres, sus trabajos ni las razones por las que habían terminado allí. No sabía si tenían hijos, si habían comprado pan aquella mañana o si alguna mujer los esperaba en casa junto a una olla puesta al fuego. Sólo vio que eran hombres y que tenían miedo.

Los disparos llegaron poco después. Jacinto no recordaría cuántos fueron. Durante años creyó que habían sido tres, aunque sabía que aquello era imposible: no había contado. El estruendo lo dejó inmóvil y el churro que aún sujetaba se le cayó al suelo.

Alguien gritó. Alguien más aplaudió. La multitud se apretó hacia delante para ver mejor. A su espalda, el aceite continuaba hirviendo. La mujer de los churros había dejado de atender a los clientes. Sostenía las pinzas en una mano y miraba hacia el lugar de las ejecuciones. Tenía la boca entreabierta, como si hubiera olvidado qué debía hacer a continuación.

Un hombre se acercó a su puesto.

—Póngame media docena.

Ella tardó en reaccionar.

—¿Cómo dice?

—Media docena de churros. Que tengo a los chicos esperando.

La mujer bajó la mirada hacia la sartén.

—Ahora mismo.

Volvió a trabajar.

Jacinto contempló la escena sin comprenderla. La gente seguía comprando. Algunos comentaban lo sucedido. Otros discutían sobre quién sería el siguiente. Un niño lloraba porque había perdido una moneda. Dos hombres se apartaron para dejar pasar a una mujer con una cesta de rosquillas. La vida no se había detenido. Eso era lo terrible. No que los disparos hubieran sonado, sino que, después de sonar, alguien pudiera pedir media docena de churros y otra persona pudiera prepararlos.

Su padre tiró de él. Esta vez Jacinto no se resistió. Caminaron cuesta abajo sin hablar. El muchacho llevaba en la mano el segundo churro, aplastado entre los dedos. El papel estaba manchado de aceite y azúcar. De vez en cuando se oían voces procedentes de la subida, pero su padre no volvió la cabeza. Al llegar a una calle más tranquila, Jacinto se atrevió a preguntar:

—¿Por qué los han matado?

Su padre se detuvo. Durante unos segundos pareció buscar una respuesta que no lo comprometiera, que no asustara al niño o que, sencillamente, no lo obligara a decir en voz alta aquello que él mismo llevaba días intentando no pensar.

—Porque han decidido que podían hacerlo —contestó finalmente.

Jacinto frunció el ceño.

—¿Y por qué la gente va a verlo?

Su padre miró hacia las casas.

—No toda la gente es igual.

—Pero estaban todos juntos.

—Estar juntos no significa pensar lo mismo.

El hombre se agachó para quedar a la altura de su hijo.

—Escúchame bien. Nunca creas que algo está bien solo porque lo haga mucha gente. Ni porque lo hagan hombres con uniforme. Ni porque alguien te diga que es necesario.

Jacinto guardó silencio.

Su padre le quitó con cuidado el papel grasiento de la mano y lo tiró a una papelera.

—Y otra cosa. Si alguna vez oyes que han detenido a alguien, que se han llevado a un vecino o que un hombre no ha vuelto a casa, no te sumes a los que se ríen. No preguntes qué llevaba puesto ni a quién votaba. Piensa que alguien estará esperando que vuelva.

Y siguieron andando.

Aquella tarde, en casa, la madre de Jacinto preguntó qué habían visto. Su marido contestó que habían dado un paseo. Jacinto estuvo a punto de corregirlo, pero su padre le lanzó una mirada que el niño comprendió sin necesidad de palabras.

Aquella noche soñó con los churros. Los veía salir de la sartén, dorados y humeantes, y caer uno tras otro sobre el papel. Después, sin que nadie los tocara, se volvían negros. Al fondo se escuchaban los disparos y la gente pedía más comida.

Se despertó antes del amanecer.

La guerra se extendió por España y Valladolid aprendió a convivir con las ausencias. En algunas casas se dejó de poner un plato en la mesa. En otras, las fotografías desaparecieron de las paredes. Hubo familias que aprendieron a no preguntar y otras que pasaron décadas buscando los restos de sus muertos.

Jacinto creció, entró a trabajar de aprendiz en un taller de ebanistería y al poco se casó con una muchacha de la calle Mantería. Tuvieron dos hijas. Nunca militó en ningún partido y evitó las discusiones políticas en las comidas familiares. Sin embargo, cada vez que olía aceite caliente en una calle, volvía a tener once años. El recuerdo regresaba con una precisión que lo avergonzaba. No veía primero a los fusilados, ni a los hombres armados, ni siquiera a su padre. Lo primero que aparecía en su memoria era el puesto de churros, la mujer del pañuelo oscuro, las pinzas de hierro y el hombre que había pedido media docena mientras otros hombres acababan de morir.

Durante mucho tiempo se preguntó qué habría sido de aquella vendedora. Si había acudido allí por necesidad, si alguien la había obligado a instalarse en la subida o si, como tantos otros, había terminado aceptando la presencia de la muerte como una parte más del trabajo diario. Nunca encontró respuesta.

Muchos años después, cuando sus nietos le preguntaron por la guerra, Jacinto no les habló de grandes batallas ni de generales. Tampoco les contó historias de héroes. Les habló de una mañana de julio, de una subida polvorienta y de una mujer que freía churros mientras unos hombres eran conducidos a la muerte.

—¿Y la gente iba a verlos? —preguntó uno de los niños.

Jacinto tardó en responder.

—Sí.

—¿Cómo cuando vamos al cine?

El anciano miró al muchacho. La comparación le produjo una punzada antigua, como si el tiempo hubiera cerrado la herida sin conseguir curarla.

—Algunos iban por curiosidad. Otros querían verlos morir. Y otros quizá fueron porque tenían miedo de no ir. No todos pensaban lo mismo, aunque desde fuera pareciera que sí.

—¿Y por qué vendían churros?

Jacinto se quedó mirando sus manos. Eran manos viejas, con manchas oscuras y los nudillos deformados por el trabajo. Durante un instante volvió a sentir el calor del aceite en la cara y el sabor dulce del azúcar sobre la lengua.

—Porque la gente puede acostumbrarse a cosas que nunca debería aceptar.

No añadió nada más.

Aquella tarde, antes de marcharse, uno de sus nietos le preguntó si los hombres fusilados habían sido malos.

—No sé quiénes eran esos hombres —dijo—. No sé cómo vivieron ni qué hicieron. Pero sé que los mataron. Y sé que hubo personas que pudieron mirarlos como si no fueran personas. Pero cuando no sepas nada de alguien, no inventes que era un santo, pero tampoco permitas que otros te convenzan de que merecía morir sin que hayas podido conocer su historia.

Sin añadir nada más, Jacinto se despidió de sus nietos y se marchó a su casa. Fuera, Valladolid seguía con su vida. Pasaban coches por la calle, alguien cerraba una persiana y, desde una cafetería cercana, llegaba el olor de la bollería recién hecha.

Desde aquella lejana tarde de 1936, jamás volvió a subir a San Isidro. No porque temiera encontrar allí a los muertos, sino porque había comprendido que no necesitaba volver al lugar para recordarlos. Los llevaba consigo desde aquella mañana en que, con once años, había aprendido que la barbarie no siempre se presenta con un rostro monstruoso. A veces lleva sombrero, a veces compra pipas, a veces pregunta cuánto cuesta media docena de churros y, a veces, cuando los disparos han terminado, recoge las monedas, limpia las pinzas y sigue trabajando como si nada hubiera ocurrido.



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