Poema: El último refugio.
Sólo quedas tú entre todas las artes,
tú, que no necesitas más pinceles
que la sangre invisible de las venas,
ni más cincel que el filo de una ausencia,
ni más música que el temblor de un nombre
pronunciado en la noche
por los labios de quien ha amado
y sabe que está solo.
Mira a tu alrededor:
todo ha sido entregado
al prodigio de las máquinas.
El lienzo ya no nace de una herida,
ni el mármol del sudor de las manos,
ni la música del pecho que se quiebra.
Hay un dios de silicio en los talleres
que fabrica belleza sin haberla conocido,
que imita el universo sin haberlo contemplado,
que reproduce el llanto sin haber llorado
y alumbra mil crepúsculos sin haber visto el día.
La imagen se ha rendido a su espejismo,
la música se ha vuelto mercancía,
la forma se ha entregado a la impostura.
Todo cuanto era asombro, se replica,
todo cuanto era fuego, se programa.
Y el arte, ese animal herido y libre,
acepta mansamente su correa
y aprende a obedecer a su verdugo.
Pero tú no.
Tú sigues en tu reino de intemperie,
sin algoritmos que dicten tus latidos,
sin fórmulas que ordenen tus silencios,
sin otra autoridad que la conciencia de quien escribe
porque ya no puede
guardar dentro del pecho lo que arde.
¿Quién podrá calcular una nostalgia?
¿Qué máquina sabrá cuánto nos duele
la casa que perdimos,
la infancia que regresa en una calle,
el último ademán de quien se marcha,
la súbita certeza de estar vivos
cuando la muerte roza nuestra frente?
Podrán copiar el vuelo de las aves,
pintar el mar con todos sus azules,
componer sinfonías prodigiosas,
esculpir dioses de materia intacta,
inventar mundos donde nada falte;
pero jamás sabrán lo que nos cuesta
seguir viviendo cuando todo falta.
Porque tú no eres solamente el verbo,
ni el artificio dócil de la lengua,
ni el mecanismo exacto de la métrica,
ni el juego artificial de la metáfora.
Tú eres lo que sucede entre dos seres
cuando una palabra abre una herida
que el otro reconoce como suya.
Eres la cicatriz de la experiencia,
la voz que se levanta desde el fondo
de aquello que no admite sustitutos.
Eres el pan partido de la dicha,
la amarga levadura de la pérdida,
el nombre que le damos a lo innombrable,
la forma de abrazar lo que no vemos.
Y aunque también la máquina te imite,
aunque ordene tus sílabas y rime,
aunque finja pasión, dolor o espanto
y vista con tus ropas sus respuestas,
le faltará la vida que las mueve,
la biografía secreta de una lágrima,
el peso de los años en la espalda,
la oscura certidumbre de ser mortal.
Podrá escribir que el corazón se rompe,
pero no habrá sentido sus pedazos.
Podrá nombrar la soledad del hombre,
pero no habrá esperado una llamada.
Podrá cantar al tiempo que nos mata,
pero no habrá perdido ni un instante.
Y esa es tu resistencia, poesía:
no ser mejor que el arte de las máquinas,
sino ser otra cosa, irreductible;
no alzar contra su imperio una muralla,
sino abrir en sus muros una grieta
por donde escape el hombre de sí mismo.
Que vengan, pues, los siglos venideros
con sus cerebros de relámpago y acero,
con sus océanos de imágenes perfectas,
con su infinita fábrica de mundos.
Que todo sea posible, todo imitable,
que nada se resista a sus designios.
Tú permanecerás en otra parte:
en el temblor de un verso entre las manos,
en la voz que se quiebra al pronunciarlo,
en la mirada de quien lo recibe
y encuentra, al otro lado de las letras,
a alguien que ha padecido como él.
Porque escribir un verso verdadero
es poner nuestra muerte sobre el papel
y desafiar al tiempo con su tinta;
es dejar en la tierra una señal
que diga: yo estuve aquí, yo amé, yo tuve
miedo de la tiniebla y de la nada,
y aun así levanté estas pocas sílabas
contra el silencio inmenso de los siglos.
Por eso, cuando el arte se arrodille
ante el ídolo nuevo de la técnica,
cuando el genio se mida en velocidades
y la belleza en cifras y mercados,
cuando ya no distingan lo creado
de aquello que tan sólo fue producido,
tú seguirás velando en la penumbra,
con tu humilde corona de palabras,
tu corazón desnudo y tu intemperie.
Y cuando no haya lienzos que nos nombren,
ni melodías que nos reconozcan,
ni imágenes que guarden nuestra historia;
cuando el último rostro se haya ido
y nadie quede para contemplar el mundo,
quizá una voz, perdida entre las ruinas,
pronuncie un verso sin saber por qué,
como quien enciende una cerilla
en la garganta oscura de la noche.
Entonces sabremos que hubo un hombre.
Que hubo dolor. Que hubo belleza.
Que hubo una mano humana entre las sombras
buscando otra mano en la distancia.
Y mientras quede alguien que recuerde,
mientras quede alguien que pregunte,
mientras sangre una herida en una palabra,
mientras un verso nos devuelva el alma,
mientras haya una voz que diga «nosotros»
contra el silencio frío de las máquinas,
no habrán vencido.
Podrán conquistar todas las artes,
pero no el misterio que las funda.
Podrán fabricar todas las respuestas,
pero no clausurar nuestra pregunta.
Podrán imitar la vida hasta el delirio,
pero no abolir la sed de haber vivido.
Y si todo se pierde, si todo se vende,
si todo lo humano se vuelve simulacro,
si el mundo se arrodilla ante sus copias
y olvida la verdad de sus heridas,
si ya no queda nada que no pueda ser engendrado
por una inteligencia ajena,
aún quedará un poema en alguna parte,
un verso como un fósforo en la niebla,
una palabra viva entre las ruinas,
un corazón latiendo en lo que nombra.
Porque el hombre, mientras sea hombre,
necesitará decir lo que le duele,
dar forma a lo que ama y lo desborda,
dejar en otro pecho su latido,
hacer de su finitud una promesa
y de su voz mortal una esperanza.
Y cuando ya no quede nada nuestro,
cuando hasta el último jardín se cierre,
cuando el silencio dicte su sentencia
y la noche reclame cuanto existe,
tú, poesía, último refugio,
última llama de lo irrepetible,
última patria de la voz humana,
no habrás vencido a la muerte:
habrás hecho algo más grande.
Habrás dado a nuestra breve llamarada
la dignidad de arder por un instante.
Y aunque el mundo se entregue a sus artificios,
aunque el tiempo confunda lo falso con lo cierto,
aunque todas las artes callen para siempre,
si queda un ser humano frente al abismo,
si queda un solo corazón que necesite
decir aquello que no sabe decir,
si queda una palabra que sea suya,
si queda una verdad que no se compra,
si queda un hombre que escriba contra el miedo,
si queda alguien que escriba porque vive,
si queda alguien que viva porque escribe,
siempre quedarás tú.
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