Camino de vuelta.
Aquel hombre llevaba todo el día hurgando con mecánica destreza entre los montones de desperdicios del basurero municipal. Excavaba y removía con un palo los detritus y separaba sin dudar lo que aún podía tener utilidad o una segunda vida de aquello que ya era completamente inservible. Tan sólo vestía una raída camiseta de tirantes y unos pantalones cortos de tela vaquera, totalmente ennegrecidos. Lucía una poblada barba y unas largas greñas que ocultaban casi por completo su cara. Tal vez no tuviera más de treinta años, pero parecía llevar toda la vida rebuscando entre la basura.
Caía la
tarde cuando tropezó con una bolsa de plástico de color naranja, en cuyo
interior se adivinaba un objeto de aristas rígidas. Abrió la bolsa y comprobó
que se trataba de una caja de cartón de medianas proporciones, en cuyo interior
había un par de zapatos de buena piel, aunque visiblemente desgastados por el
uso. Aún así, aquellos zapatos eran un estupendo botín para rematar la jornada.
Cerró la
caja y la metió de nuevo en la bolsa naranja. Satisfecho, descendió la colina
de desperdicios con rumbo a la puerta principal del basurero. Salió del recinto
y se apoyó en el guardarrail de la carretera. Se quitó las desgastadas
sandalias y se puso los zapatos. Una amplia sonrisa se dibujó en su cara. Eran
unos zapatos maravillosos. Jamás había llevado un calzado remotamente parecido.
Si aquel hombre hubiera sabido leer, sabría que eran unos Louis Vuitton
modelo Oxford.
Entonces, como
imbuido por una fuerza superior, comenzó a andar hacia la ciudad. Caminaba
decidido, como si fueran los zapatos los que le marcaban el rumbo a seguir.
Anduvo por las calles del centro, hasta que cruzó la vía del tren por el paso a
nivel de Fuente Dorada. Caminó sin vacilar un par de calles más, hasta que se
detuvo frente al lujoso portal del número 6 de la calle Alondra. Sin saber muy
bien por qué, subió hasta el tercero derecha y llamó a la puerta. Unos segundos
más tarde abrió una mujer, que observó al visitante de arriba a abajo, de forma
exhaustiva, hasta detenerse en los zapatos que llevaba puestos. Un hipido de
asombro se escapó de sus labios.
–No puede
ser... Paco, ¿eres tú? – y volvió a mirar los zapatos. –¡Eres tú! ¡Cómo puede
ser! ¡Habías mu… Has vuelto!
Y lo abrazó
con fuerza.
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