Microrrelato: El Super.

Le llamábamos el Súper porque era “insuperable”. Cuando cogía el balón por la banda izquierda y se lo pegaba a la bota, ya no lo soltaba hasta verlo dentro de la portería contraria. Era la estrella de nuestro equipo. Sin embargo, su padre no opinaba lo mismo, y aunque hubiese metido tres o cuatro goles, al terminar el partido, siempre le recriminaba las ocasiones falladas y el resto de tantos que podía haber metido.

Tampoco era mal estudiante el Súper, pero seguro que en ese aspecto, su padre tampoco se conformaba con un simple aprobado.

Supongo que aquella presión, convertida en rabia y frustración, hizo que acabara tirando la toalla y empezase a frecuentar malas compañías, para terminar cayendo en las drogas.

La última vez que lo vi con vida, salía de robar en un hipermercado. Estaba tan enjuto y demacrado que ya no era ni la sombra de aquel chaval atlético y risueño que nos llenaba de ilusión y nos hacía ganar partidos.

A su padre le sigo viendo a menudo, haciendo su ronda por los bares del barrio, tal vez lamentando, entre vino y vino, haber sido tan exigente con su hijo.

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