Microrrelato: El hombre analógico.
Ya desde
pequeño, Iván Torres tuvo una relación complicada con las máquinas. Por
ejemplo, bastaba con que estuviese cerca del tocadiscos para que la aguja
saltase, o que la lavadora se atascase e inundase todo el baño de agua. La
televisión o el ordenador tampoco se libraban de su nefasta influencia.
Sus padres,
más allá de considerarlo torpe o directamente patoso, estaban convencidos de
que su hijo tenía un gafe para todo lo que fuera digital. Su hermano mayor, sin
embargo, leyó en una revista científica que existían cuerpos que generaban un
campo magnético natural que afectaba a las máquinas que estuviesen cerca de ellos.
Sea como
fuere, a lo largo de su vida, Iván Torres y las máquinas jamás se llevaron
bien. Nunca dispuso de un teléfono móvil, e internet era para él un universo
extraño en el que, al parecer, cabía todo el conocimiento del mundo.
Siendo ya
anciano, achacoso del corazón, no hubo manera de ponerle un marcapasos que
funcionase correctamente. Y ya muy enfermo, el respirador automático no quiso
ayudarle a prolongar su vida lo justo para ver nacer a su primer bisnieto.
Hasta el monitor
multiparamétrico se negó a certificar su muerte.
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